El fenómeno, a modo de reinterpretación, remake o precuela de los viejos [i]splatters[/i] o clásicos instantáneos del horror norteamericano de la década de 1970 y 1980, es un hecho digno de análisis que, por otro lado, se convierte en dogma de agoreros y materia de apocalípticos pasquines que proclaman la falta de ideas en la industria, la crisis creativa y el mal momento del fantástico norteamericano. La misma cantinela de cada década incipiente. En un marco de normalidad, el remake tiene una función tan digna como cualquier otra propuesta. Realizadores como Marcus Nispel, Dennis Iliadis, Alexandre Aja o Rob Zombie han dado buena muestra de ello a través de un buen puñado de filmes que, entiendo, procuran un sano ejercicio de distanciamiento más o menos leal al original. La frescura que irradian algunas de las propuestas de estos directores son siempre de interés y posiblemente sea Rob Zombie uno de los nuevos talentos con más propensión a la radicalidad iconográfica, a la imaginería grotesca y la perseverancia de un modelo cinematográfico que alumbra cierto mesianismo atroz apenas esbozado en una sugestiva aglomeración de clichés.